lunes, 30 de noviembre de 2009

Berlín, 21 de Noviembre del 2009

Movimiento sindical guatemalteco:

Hacia un nuevo sindicalismo consciente y comprometido


 

1.- Introducción:

En Guatemala, como producto del ejercicio hegemónico del poder durante décadas, las derechas han logrado sembrar, en el imaginario social, una amplia gama de concepciones que, aunque erróneas, un amplio sector de la población las asume como verdades absolutas e inobjetables. Una de ellas gira alrededor del concepto "sindicato". Tal ha sido la cantidad de criterios peyorativos que han dicho y redicho respecto a los sindicatos, que hoy, en Guatemala, "sindicalismo" es sinónimo casi que de mala palabra.

Es frecuente encontrarse, sobre todo en los mayores medios de prensa escrita, radial y televisiva del país, con costosas e intensas campañas abiertas que pretenden desprestigiar al movimiento sindical. Estas acciones no son casuales, ni esporádicas, ni aisladas entre sí, sino que responden a la implementación de una bien planificada y activa estrategia que busca restarle fuerza a un movimiento que hoy lucha con dinamismo por la defensa de los derechos de los trabajadores y trabajadoras en el país en particular, y por los que son patrimonio de los sectores populares en su conjunto.

La razón que explica estas campañas es simple: Desde la perspectiva de los grupos minoritarios pero poderosos que detentan el poder, e incluso desde la óptica de Washington y de las transnacionales, el desarrollo exitoso de su modelo neoliberal requiere una cancha limpia, y el sindicalismo actual, con sus nuevas actitudes y prácticas, se ha constituido en un obstáculo para el logro de sus propósitos.

La fobia antisindical de las derechas se agudiza, sobre todo, desde el 2003, año a partir del cual la lucha popular en Guatemala adquiere nuevas características y, en un proceso sostenido va elevando progresivamente sus capacidades y cosechando, así, nuevas victorias, en algunos casos significativas por cuanto derrotan planteamientos, posiciones y aspiraciones relevantes de las derechas y de su proyecto neoliberal.

Este cambio no se da solamente en el ámbito del quehacer de las organizaciones sindicales consecuentes, sino que, en este proceso de flujo en la lucha del pueblo, se suma también el trabajo de otras organizaciones populares, representantes de los intereses y derechos del sector campesino, de los pueblos indígenas, de las mujeres, de los y las estudiantes, de quienes trabajan por cuenta propia, de las organizaciones comunitarias, entre otros.

La existencia y el actual posicionamiento de numerosos sindicatos desencadena, por parte de los enemigos de clase, todo tipo de furias y arrebatos, que se traducen en ataques constantes y de creciente intensidad, llegándose, incluso, a la nefasta reaparición de la represión selectiva y de los crímenes impunes que la acompañan. Sólo en las filas del FNL registramos la dolorosa cifra de 23 compañeros y compañeras asesinados en los últimos años.

Los sectores de derecha hoy han desencadenado una cruzada anti-sindical permanente, conformada por una amplia gama de bien orquestados componentes, unos abiertos y públicos, otros silenciosos y clandestinos, todos ellos implementados con el propósito de debilitar a quien, con justa razón, consideran su enemigo.


 

2.- El enemigo a vencer: el modelo neoliberal

Para el movimiento sindical consecuente, así como para numerosas organizaciones populares representantes de otros sectores, el enemigo a vencer está claramente identificado: El modelo neoliberal.

Sin embargo, es preciso detenernos a precisar lo siguiente: Por lo general, cuando se piensa en el neoliberalismo, se le identifica básicamente con una corriente de naturaleza económica, que pugna por el adelgazamiento del Estado, la reducción del gasto público, el pago adecuado de la deuda externa, la privatización de servicios esenciales, la entronización del libre comercio, etc. Pero, desde nuestra perspectiva, el neoliberalismo es mucho más que sólo un planteamiento económico profundamente contrario a los intereses del pueblo.

El modelo neoliberal es, sobre todo, una nueva forma de entender las relaciones que deben establecerse entre los seres humanos, así como entre ellos y la naturaleza. Es, como se verá, una cosmovisión integral, completa y perversa del mundo, que termina por influir en todos los quehaceres de la vida cotidiana de cada persona en particular y de la sociedad en su conjunto.

El neoliberalismo promueve la idea de que el ser humano, cada persona, viene al mundo con el único propósito de tener éxito en la vida, y que ese éxito o fracaso se medirá a partir de lo que cada persona llegue a tener, a poseer como patrimonio propio. Además, como patrimonio material, tangible, comprable y vendible.

Desde la perspectiva neoliberal, la persona humana valdrá, pues, por lo que tiene y no por lo que es. El valor del poseer termina imponiéndose de manera brutal sobre el valor del ser. En esa ecuación del éxito o del fracaso, lo que la persona aporte a la sociedad no cuenta.

De esta concepción, que hoy se pretende imponer sobre el comportamiento social como si se tratara de una verdad incuestionable, se derivan un conjunto de actitudes y de prácticas totalmente contrarias a las ideas de colectividad, de solidaridad de clase, de apoyo mutuo, que son la esencia sobre la cual se basa la idea misma del sindicalismo.

El planteamiento neoliberal asume, pues, que la vida entera de cada persona, minuto a minuto, debe girar, entonces, alrededor de la meta de conseguir suficiente dinero para, con ello, obtener la felicidad o, cuando menos, tratar infructuosamente de comprarla hecha.

Desde el enfoque neoliberal ganar y tener resultan, al final, las dos únicas metas válidas que deben existir en la vida de cada persona. Con el propósito de fijarla claramente en la conciencia de la población, esta idea se promueve con fuerza a través de todos los medios posibles.

Ahora bien, para ganar y para tener, el neoliberalismo plantea que cada ser humano tiene el deber superior de ser productivo y, a la vez, competitivo. La productividad y la competitividad devienen, entonces, en actitudes y capacidades humanas imprescindibles para estar en condiciones de triunfar en la vida. Y esto también, acorde con los principios goebbelianos, lo repiten hasta el aburrimiento, con el propósito de convertirlo en verdad absoluta e indiscutible.

Afirman que el mundo moderno exige a las personas ser productivas y competitivas. Que quien no lo sea, ya se trate de una persona, de un grupo social o de un país, está condenado a ceder su espacio a quien sí lo es. Sostienen que la libre competencia, al fin y al cabo, es la regla del juego que hoy se impone y contra la cual nada puede hacerse.

Sin embargo, conviene detenerse a analizar estos nuevos valores que se promueven desde el enfoque neoliberal. Su prédica legitimadora de la libre competencia como práctica rectora de la vida y de las relaciones sociales no llega a ser otra cosa más que la adopción de la ley de la selva como propia, es decir, la aceptación de que el más fuerte está legítimamente facultado para imponerse sobre los más débiles.

Promueven, en síntesis, la idea equivocada de que la anulación de muchos a manos de unos pocos es algo perfectamente natural e incluso inevitable. Lo normal, según afirman quienes promueven esta ética neoliberal, es que, en el universo, el pez grande se coma al chico, que el fuerte devore impunemente a los débiles, que predomine la fuerza bruta por encima de la inteligencia, de la razón y, claro está, de la justicia. La competitividad implica, en síntesis, la anulación de muchos a manos de unos pocos.

Al final, no hay nada nuevo en el contenido de estos principios o en las prácticas que se derivan de los mismos. En términos reales, no tienen nada de "neo", aunque si mucho de "liberales". No pasan de ser, al fin y al cabo, más que la reedición de las mismas viejas formas y expresiones del obsoleto esquema de pensamiento y de práctica sembradora de injusticia, contra el cual vienen luchando, desde siempre, las grandes mayorías de oprimidos, explotados y excluidos.

Estas ideas sobre competitividad y libre competencia los ideólogos neoliberales las complementan, como decíamos, con otro concepto que para sus intereses resulta clave: la productividad. El complemento a lo anterior es que, para triunfar en la vida, además se debe ser productivo, entendiéndose, por ello, la capacidad que se tenga de generar riqueza a partir del trabajo propio, aunque luego con esa riqueza sean otros quienes se queden. A mayor productividad, mejor competitividad, y viceversa, reza el discurso neoliberal.

Estos valores que hoy se imponen no son, de ninguna manera, ajenos al movimiento sindical ni al ejercicio de los derechos laborales. De estos preceptos neoliberales se desprenden aplicaciones concretas y peligrosas en el ámbito de lo laboral, las cuales, para el caso de Guatemala y a la fecha en que se escribe este documento, están ya expresadas en un conjunto de reformas al marco jurídico laboral las cuales, por razones de tiempo, solamente menciono brevemente:

  • Salario por productividad.
  • Desregulación de las relaciones obrero-patronales.
  • Flexibilidad laboral.


 

Cada una de ellas implica una severa agresión contra los derechos laborales del pueblo trabajador, a quien se entrega así, atado de pies y manos, ante la codicia desmedida de los dueños del capital, nacionales y transnacionales.


 

3.- La ética neoliberal: "Sálvese quien pueda":

Además, el modelo neoliberal se encarga de difundir, a través de todas las formas en que le es posible, un nuevo esquema que impacta de manera severa sobre el comportamiento social y sobre el cual conviene detenerse a reflexionar: el individualismo.

A tono con la moral contemporánea, la práctica social enseña que cada sujeto, a título estrictamente individual, está obligado, por encima de cualquier tipo de consideraciones éticas o morales, a emplear en su provecho todos los recursos lícitos o ilícitos que le permitan ganar escalones en la desenfrenada carrera por hacerse de un lugar en la vida. La mentira, el engaño, la puñalada por la espalda, la doble moral, la trampa traidora, son armas habituales, válidas y hasta aplaudibles en esta lucha inmisericorde que se impone en este supuesto pero falso paraíso de fraternidad, de libertad y de igualdad de oportunidades al que de manera equivocada llaman Democracia.

Frente a esa situación de desconcierto, son muchísimos los ciudadanos que han optado por refugiarse en lo estrictamente individual y familiar, limitándose a responder por las necesidades básicas y sentidas de su entorno inmediato.

En estas promovidas democracias de occidente día a día el individualismo gana nuevos adeptos. Se enseña que cada uno debe pensar primero en sí mismo, luego en sí mismo y por último en sí mismo, porque nadie se preocupará por él. Se educa en la idea de que los problemas que enfrentan los demás nos son ajenos. Así, se llega a pensar que las necesidades no satisfechas que padecen otros seres humanos, aunque se trate de nuestros vecinos, no deben importarnos porque allá ellos con sus propios asuntos. Cada uno a lo suyo.

Ese proceso, con su veloz cadencia, genera a su vez otro efecto peligroso, y tanto más peligroso por cuanto suele pasar inadvertido: provoca que los seres humanos pierdan su capacidad de asombro. Han ocurrido y continúan ocurriendo tantas y tan desconcertantes cosas, que se concluye por aceptar que todo es posible. Ya nada nos sorprende ni nos conmueve y, salvo que se vincule de manera directa a nuestra vida, tampoco nos concierne. Los problemas de los demás terminan por ser estrictamente ajenos y nada debemos hacer al respecto.

Si nos enteramos, por ejemplo, de que allá en un rincón alejado del mundo las tropas gringas están matando a tiros a los afganos o a los iraquíes, nos limitamos a pensar que pobrecitos ellos, pero nos desinteresamos de la cuestión, considerándola ajena. Ya no nos conmueven las angustias que padece cotidianamente el niño de la calle, ni nos duele el alma ante la miseria abyecta que se evidencia en los tugurios.

El Gobierno de Guatemala anuncia tranquilamente que "la desnutrición crónica alcanza al 48.3% de la población infantil" y ese dantesco dato no pasa de ser más que una cifra ajena.

La sensibilidad humana, la capacidad de "sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo", la hemos ido perdiendo, con lo cual, de paso, nos vamos progresivamente deshumanizando. Ya el mundo no nos permite ser hermanos de nuestros hermanos y, por ende, aquello que de una u otra manera los afecte deja de ser asunto que me concierna.

Todos los hechos y situaciones, por extraños, injustos o dolorosos que sean, acaban por resultarnos normales, comunes y corrientes.

Y, de manera paralela, terminamos entonces por dejarnos ganar por el escepticismo, por la indiferencia y por la apatía. Tres antivalores de nuevo cuño que hoy amenazan con sepultar a toda la sociedad occidental. Porque forjar una generación apática, indiferente y escéptica conviene solamente a las minorías que detentan el poder. Una sociedad sumergida en la indiferencia difícilmente verá florecer la solidaridad entre sus miembros. El individualismo se impone, dado que cada cual termina siendo indiferente ante lo que quiera que ocurra con todos los demás.

Una comunidad apática no encontrará motivo alguno para luchar unida en pro de sus legítimos derechos y claudica mansamente, dejándose llevar como borregos al matadero. Un grupo de escépticos cerrará oídos a aquellos que los convoquen, con independencia de que tengan o no la razón. Más aún, sus integrantes ni siquiera harán el esfuerzo por analizar y llegar a una conclusión propia respecto a si a esos que los llaman los asiste o no la razón. Personas así carecerán de metas colectivas referentes a su propio futuro y al del pueblo dentro del cual existen.

Debe mencionarse que esa apatía, que se promueve desde el poder real, influye también en la actitud indiferente de la población ante la violencia y la represión. El sistema se encarga de entumecer los sentidos de la gente a tal grado que pueden asesinar frente a sus ojos al dirigente sindical que luchó por procurarle a él y a su familia un aumento salarial y no inmutarse.

El escepticismo lo vemos expresado en todos los campos de la vida cotidiana. Hoy, lo común es que nadie crea en nada. Incluso también lo vemos repetirse en cada proceso electoral. La cantaleta de que "todos son lo mismo" es algo que impulsa el mismo sistema y que además le conviene porque en medio de ese "todos", procuran que se incluya a las opciones populares que tienen un discurso diferente. Anulan así por completo la capacidad de la población de distinguir entre una posición y otra, a través de simplificar el discurso y meter a todos en el mismo costal.

Si los seres humanos permitimos que nada nos asombre, si nos dejamos caer en los brazos de la anomia, si nos gana la apatía, si toleramos que el escepticismo nos consuma, si la indiferencia hace presa de nuestras vidas, si perdemos la capacidad de análisis de la realidad, en ese caso, habremos renunciado al ejercicio de una de las características básicas que distinguen al hombre de la bestia: su capacidad crítica y creativa. De cada uno de nosotros depende.

Esta individualización, que los ideólogos neoliberales promueven un día sí y otro también, atenta, de manera directa, contra la capacidad social de organización. ¿Para qué organizarse, si defenderse en la vida es un hecho individual y no colectivo? ¿Para qué sumarse a una determinada lucha, si otros previamente ya lo están haciendo? La sociedad moderna, al abrazar la ética neoliberal, establece, como regla, la sobrevivencia del "más apto", entendida esta como un hecho individual, unipersonal, y nunca colectivo. Y, para sobrevivir, de conformidad con la visión neoliberal del mundo, todo se vale.

Estas concepciones, indivisiblemente unidas al modelo neoliberal, afectan de manera dramática al sindicalismo y a todas las formas de organización popular existentes, por cuanto implican la entronización de un amplio conjunto de reglas del comportamiento humano que destrozan la esencia misma de todo lo colectivo.

El discurso neoliberal, y las prácticas que se derivan del mismo, se constituyen en un obstáculo de alta magnitud, que debe enfrentarse y vencerse. No se debe, bajo ninguna circunstancia, omitirse el enfrentamiento a esta ética y a estas prácticas. Las organizaciones que existen en función de la defensa de los derechos e intereses del pueblo tienen la obligación ineludible de asumir la lucha contra estas formas de perversión y, con ello, de promocionar, difundir y apoyar a la sociedad, en su conjunto, para que se reencuentre con aquellos valores, actitudes y prácticas auténticamente humanas y superiores.


 

4.- Efectos del neoliberalismo:

Por otra parte, en la actualidad el modelo neoliberal se ha encargado de debilitar las posibilidades de gestación de sindicatos, sobre todo por la vía de la privatización de los servicios públicos. En Guatemala el índice de sindicalización en el sector privado no supera el 1% de la fuerza laboral.

El desempleo imperante ha provocado, además, que el 71% de la PEA se ubique hoy en el sector de trabajadores por cuenta propia, es decir, carentes de un patrón que los contrate. Esto modifica radicalmente las relaciones obrero-patronales.

Obviamente, los forjadores de la sociedad neoliberal procuran que los nuevos trabajadores y trabajadoras carezcan de conciencia de clase y, con ello, de compromiso alguno de lucha por los derechos de esa clase trabajadora a la que, quiéranlo o no, pertenecen. Entre esas características propias de la nueva fuerza laboral que pretenden crear deben mencionarse las siguientes:

  • ausente de conciencia con respecto a su ubicación en la sociedad, es decir, sin conciencia de clase;
  • desconocedora e incluso indiferente ante la realidad del país y del mundo y, por ello, fácilmente manipulable;
  • indiferente ante los problemas y necesidades de los demás con lo cual carece, entonces, de valores como la solidaridad o el apoyo muto;
  • sumergida en lo estrictamente individual y ajena, por ende, a la vida colectiva en todas sus expresiones;
  • que vea en sus compañeros y compañeras de trabajo no a colegas ni a aliados, sino a competidores que podrían quitarle su puesto;
  • sometida mansamente ante la voz y voluntad de los poderosos, a quienes consideran más fuertes por una especie de designio divino;
  • dispuesta a renunciar a todos sus derechos humanos y laborales con tal de conservar su empleo, por precario que este sea;
  • cuyos satisfactores primordiales giran alrededor del acceso a consumos superfluos;
  • que como meta plausible superior para resolver sus necesidades se plantee la migración hacia el Norte;
  • recelosa ante quienes llaman a la unidad o a la lucha y, por lo tanto, sin disposición alguna para responder de manera positiva a esos llamados;
  • indiferente ante los contenidos e implicaciones de las políticas públicas, a las que consideran ajenas a su competencia;
  • que asuma la corrupción y la venalidad como parte natural e inevitable de las cosas;
  • que tenga como sueño el dinero fácil, el "tener" y no el "ser" y que, por lo tanto, busque ganar y tener por las vías más cortoplacistas;


 

La entronización de todas y cada una de esas características mencionadas se promueve con fuerza y de manera cotidiana a partir del control hegemónico que el neoliberalismo tiene sobre los instrumentos para el ejercicio del poder ideológico.

La realidad actual, por lo tanto, conduce al sindicalismo consecuente a la adopción de un amplio conjunto de desafíos urgentes que, por razones de tiempo, solamente mencionamos:


 

A.- Conservar, defender, aunar y mejorar la organización sindical.

Si el sindicalismo existe para defender los derechos de los trabajadores; si una de las grandes metas del modelo neoliberal es la desaparición de la figura que pueda defender a los trabajadores, entonces    uno de los grandes desafíos del sindicalismo es conservar, defender, unir, ampliar y mejorar la figura de organización sindical.


 


 

B.- Consolidar organizaciones operativas, legales, legítimas, reconocidas conscientes y comprometidas.

Si uno de los grandes logros del neoliberalismo ha sido debilitar la figura del sindicato a través de la tercerización de fuerza laboral, de la fragmentación de las empresas, de la privatización de todo lo imaginable, de la transnacionalización de sus operaciones y de la entronización de valores contrarios a la solidaridad humana, entonces otra gran meta es generar formas de organización que sean operativas, legales, legítimas y reconocidas en los nuevos ámbitos de trabajo: organización sindical por sector, por tipo de empresa, por ubicación geográfica, por actividad común, etc., fundamentado su pensamiento y su acción en una conciencia clara de clase, de la que se derive un compromiso a favor de la construcción de un mundo mejor, justo, digno y humano.


 

C.- Ocupar espacios para el ejercicio real de la participación ciudadana.

Si la defensa de los derechos de los trabajadores y trabajadoras se vincula de manera estrecha y directa con la orientación e intencionalidad presentes en las políticas públicas; si el modelo neoliberal conduce al deterioro de las condiciones de vida de la clase trabajadora, entonces el reto es lograr ocupar, ampliar y hacer buen uso de espacios de incidencia política y de auditoría social, es decir, de poder popular.


 

D.- Forjar alianzas con las organizaciones legítimas de los sectores populares.

Si una de las estrategias que han empleado con mayor éxito los constructores del modelo neoliberal ha sido la de segmentar a los sectores populares; si los efectos negativos de la ofensiva neoliberal recaen sobre los hombros de todos y todas quienes forman parte de los sectores populares, entonces la lucha también debe ser dada, de manera frontal, por todos y todas, como un solo puño, como una sola clase.


 

E.- Trascender lo sectorial.

Si la ofensiva neoliberal es integral y abarca prácticamente todos los campos en los que se desenvuelve la vida de cada ciudadano y ciudadana; si el neoliberalismo va mucho más allá que solamente sus imposiciones económicas, entonces el movimiento sindical debe abrazar como propias una amplia gama de temas no estrictamente laborales, pero vinculados de manera estrecha e indivisible con los derechos de los trabajadores y trabajadoras y con sus condiciones materiales y espirituales de vida.


 

F.- Retomar la lucha de clases como motor de su quehacer.

Si uno de los grandes problemas de los trabajadores y trabajadoras hoy en día es que sus derechos se han reducido al mínimo, entonces un reto relevante consiste en retomar los postulados y planteamientos de la lucha de clases, hacer una interpretación propia del Siglo XXI vinculada no sólo a los derechos inmediatos, sino que dándole también una interpretación económica, social e histórica. Y diseminar este conjunto de ideas a través de todos los medios posibles, cada vez que se pueda y en cualquier lugar que se pueda. Urge rescatar el paradigma que devolverá la dignidad al trabajador del Siglo XXI.


 


 

G.- Desarrollar y consolidar una nueva vocación de poder popular.

Si el neoliberalismo ha logrado aislar a los sectores populares de los espacios en los que se ejerce el poder; si han logrado reservarse para su exclusivo disfrute la participación en todos los espacios de decisión política, entonces el movimiento sindical debe encontrar las vías que le permitan constituirse en actor protagónico en el ejercicio del poder real, es decir, en la toma de decisiones respecto al rumbo y modelo de la sociedad, en todos sus aspectos.


 

He ahí los que, desde el Frente Nacional de Lucha de Guatemala, consideramos nuestros grandes desafíos. Para alcanzar esas, nuestras metas, contamos con la fuerza organizada, consciente y comprometida de nuestro propio pueblo.

Y quisiéramos contar, además, con la auténtica solidaridad internacional. Es decir, aquella que, por encima de las fronteras, se acompaña en las luchas.

Cuando los pueblos sepamos darnos la mano y marchar, hombro con hombro, por el camino que conduce hacia la emancipación de la clase trabajadora, en ese momento la victoria estará más cercana.

Cuando los pueblos aprendamos a transitar unidos y a hacer de nuestras luchas una sola, global, liberadora, el triunfo estará más cercano.

¡Por la globalización de las lucha contra el neoliberalismo!

¡La lucha sigue!

1 comentario:

ADRIAN dijo...

Definitivamente compañeros, nuestro enemigo a vencer el neoliberalismo y sobre esa base debemos unirnos todos los sectores interesados en el bienestar colectivo del pueblo para unificar nestras mayores fuerzas y trabajar en conjunto para como siempre hacer del sector popular el que defina su futuro a base de lucha y esfuerzo, felicitaciones compañeros.